"Nothing. . . Everything. . . Nobody. . . Somebody."

Sunday, December 23, 2007

Yo compro en Vivanda


Los caviares me loquean. Me resultan inexplicables y, al mismo tiempo, me producen ternura. Wong es vendido -la línea de supermercados más pituca de Lima donde se profesionalizó a más no poder el servilismo peruano- y de pronto lanzan ayes de confusión: ¿y ahora quién me va a cargar los paquetes hasta el carro? ¿Y ahora quién me va a atender de inmediato y corriendo cuando levante la voz porque no encuentro la gondola del yogurt griego? ¿Quién me dirá "chi cheñó" o "chi cheñora"?

Carlos Basombrío, el viernes 21:

La venta de Wong ha sido un baldazo de agua fría al orgullo nacional (por lo menos al de los limeños). Wong era mucho más que un conjunto de supermercados exitosos. Con los años se volvieron un símbolo de cómo hacer empresa desde abajo y en tiempos difíciles; cómo engreír a sus clientes y cómo tratar bien a sus empleados. Se había convertido en un modelo de empresa peruana.

(...)


(Lo que sí ya carece de todo sentido es que hagan el Corso de Fiestas Patrias, ¿o no?).


Y hoy Jorge Bruce, compara la situación de nuevo gabinete -que se ve aún con ojos suspicaces- con el supermercado:
Como en el caso de Wong, el problema no es que se enriquezca un grupo chino-peruano o uno chileno-alemán. Es la confianza depositada en un vínculo personal la que se ve amenazada.

Dios mío. Parece como si de pronto hubiesen aprobado una ley donde se prohibe el servicio doméstico. Alerta: no me la agarro con los clientes de Wong ni con Wong, sino con estos analistas que a veces sólo son buenos para ver la paja en el ojo ajeno y que no suelen perdonar nada a los de la banda derecha. Supongo que estos señores nunca compraron en Metro, también del grupo Wong, donde el servicio es malo -y no me refiero a la capacidad de servir, sino a cosas elementales como tener pocas cajeras en un sitio atestado de gente. Por mi parte, compro en Vivanda simplemente porque me queda cerca de la jato: ningún problema. Y no está demás recordar que el 90 o 70 por ciento -no recuerdo bien la cifra- del mercado le pertenece a las bodegas. La nostalgia por el Corso si es de antología y, por eso, no vale la pena ni comentarlo. Y después se quejan de que los jodan.

Friday, December 21, 2007

Reseñismo, amiguismo 3


Donde el bloggista le da un brochazo final al tema y responde algunas preguntas

Salió el sol, anoche dormí bien y el tema del amiguismo se ha extendido más de lo que yo mismo esperaba. Pero vale la pena darle una mirada final y dejar consignadas algunas conclusiones.

En primer lugar: agradezco el comentario en el post anterior de Marco García Falcón, quien tuvo la deferencia de aclarar algunos puntos sobre lo escrito aquí. Creo que nadie puso en tela de juicio ni su probidad, ni su competencia como lector, ni sus gustos. El tema de debate fue una reseña en particular y, sobre todo, la buena o mala comunicación de la información sobre los libros, el modus operandi del circuito comunicativo literario. Y así como él dice que su amistad con Iparraguirre no tiene nada que ver con su sincero entusiasmo por El inventario de las naves, asimismo me gustaría decir que mi a veces excesivo ánimo interjectivo no esconde ningún tipo de animadversión personal contra MGF. En absoluto. No soy ni amigo, ni enemigo, ni sicario ni nada. Simplemente leo y comento. Y el tema de fondo sigue en pie: ¿deben los amigos reseñar a los amigos?

Aquí no vamos entrar al punto de si es válido o no, o si es verosímil pensar que un amigo no pueda acaso dar con claves de lectura certeras sobre el texto de su yunta del alma. El punto es, creo, que esa "institución" pública llamada crítica literaria -y quiero usar este término muy laxamente, o sea, no importa si eres periodista, académico, reseñista, comentador, graffitero o inagotable garabateador de marginalia- aún en el Perú no tiene muy clara sus propias reglas de juego, su propio código de comportamiento, al punto que todavía seguimos enfrascados en este tipo de inquietudes, y al punto que tenemos un blog como Puerto el Hueco, muy popular, donde sólo se discute un solo tema: el poder de amistades, camarillas, mafias, círculos, argollas, etc. en la literatura peruana. Al menos, desde mi punto de vista, los síntomas dicen mucho y no creo que haya que voltear la cabeza como si fuese una huevadita menor o algo de resentidos. Nica.

Ahora, ¿por qué pasa esto? Creo que por una sola razón: porque a esa institución -en la que estás metido apenas un editor te da un libro y te dice "coméntalo en 500 palabras"- le importa un reverendo huevo el público y el lector común. Antes de internet el feedback de los lectores era muy lentejón y casi nulo, pero ahora las cosas son automáticas y, aunque no me guste la palabra, "democráticas". Es decir, ahora un crítico -que suele ser un patín muy metido en un medio y en un círculo- de pronto se da con la sorpresa de que la masa reacciona, pitea, señala, aprueba y desaprueba. Los bárbaros tocan las murallas de la ciudad y también juegan.

La crítica -al igual que el periodismo- debería ser un servicio, pero eso aquí parece que no interesa. O sea, no importa que un editor moche una reseña que la hace ininteligible hasta para el propio autor y que aparezca así publicada, confusa, con el sello en rojo del "ya que chucha", total, el público es cojudo y no lee. O se traga cualquier huevada. Si El Comercio tiene un manual de estilo al que sus correctores acuden para dilucidar cualquier duda y separar la paja del grano, ¿cómo así no existe lo mismo -un protocolo, en suma- en el imaginario Departamento de Reseñas de Libros? Un protocolo en el que una de las normas sea: si nuestra chamba no es solo dar "claves de lectura" sino también valorar un libro, entonces intentemos ser justos, intentemos evitar las falacias ad hominem, intentemos publicar solo las reseñas que sean claras y bien argumentadas y, por cierto, intentemos no pedirle a un crítico que reseñe a su amigo porque eso podría interferir con nuestros objetivos, a no ser que esa relación se haga explícita. Ninguna de estas cosas atenta contra la libertad de expresión que yo sepa. Sólo ordena la forma de comunicarse con los lectores y evita que los cherrys y que la cultura vista como un gran hall de relaciones públicas, como un trueque de favores, se multipliquen como un virus en nuestras cabezas. Por supuesto, no estoy pidiendo que los reseñistas tengan obligatoriamente su PhD en la Universidad de la Teoría Literaria Total, porque si algo nos ha demostrado el académico Julio Ortega este año es que ese carnet vale caca si defiendes estupideces. Etica de trabajo, pues. Y, además, la necesidad de tener no sólo reseñistas, sino buenos editores y capitanes de barco.

Suena ilusorio, pero la verdad no sé si este tipo de discusión realmente exista entre la gente dedicada a los libros. En todo caso, así alucino yo que debería ser el mundo de la "crítica" y apenas ese círculo vicioso sea superado recién creo podremos dedicarnos en pleno a desmenuzar como se deben los contenidos. Mientras no pase -y es de suponer que no va a pasar porque el mundo de la literatura peruana es pequeñito y los peruanos somos campeones de la patería-, pues, agárrensen, como dijo Mr. Con Ventilador, porque la gente seguirá jodiendo, seguirá chacoteando, seguirá siendo incrédula, o sea, más o menos como yo suelo leer el Moleskine de Thays.

En fin, para terminar quisiera responder algunas preguntas que se soltaron por ahí en el terreno por momentos baldío de los comments:

Fantomas:
Siempre te leo, asi que voy a insistir con mi pregunta: ¿en verdad crees que hay que ser muy hijodeputa para criticar la obra de un amigo -cuando tu tarjeta personal dice probablemente "critico"-?
Si esto es asi, ¿tambien hay que ser muy huevon para alabar la obra de un enemigo?
Y finalmente, el que dice que una obra es buena cuando en verdad no lo es, solo por amiguismo, ¿es o no es un corrupto?
Saludos,
Jose
Sobre la primera pregunta: entiendo que cuando Jose dice "criticar" se refiere a "hacer leña". Bueno, sí, eso creo. Por eso cité la reseña del Sr. Güich sobre el último libro de Bryce. Los términos que usó sólo son concebibles en alguien que leyó el libro con total independencia, olvidándose si Bryce está mal de la cabeza o pasando un mal rato personal. Yo francamente aprecié la sinceridad. Pero dudo que un amigo pudiera hacer lo mismo: habría que no tener corazón. ¿Alabar la obra de un enemigo? ¿Es posible eso? No diría que es de huevones, sino milagroso. Sobre lo último: no sé si habría que llegar al extremo de llamar a un reseñista amiguista "corrupto". Es sólo un mal profesional.

Ahora, me pregunto si te das cuenta de que estás cayendo en el juego armado por Coral, quien, como bien dice Daniel Salas en El Gran Combo Club, es y ha sido siempre un "gran insidioso", interesado en todo menos en hacer crítica literaria seria y esclarecedora.
Es más o menos notorio que Coral y Salas no se llevan bien. Pero ese no es mi asunto. Coral es Coral, yo soy yo.

Fantomas, hace algunas semanas te planteabas la posibilidad de no volver a postear. Sin embargo -y casi sin querer queriendo- te metiste en el tema literario, que en mi modesta opinión, creo que es tu fuerte. ¿Ya escribiste profesionalmente? Si no lo hiciste aún, debes considerar la posibilidad de hacerlo.
El último comentario es de Vicky y respondo: el blog de Fantomas muere el 31 de diciembre del año en curso. Ya es algo que está decidido. Y, no, jamás escribiré sobre libros. Como dijo alguien por ahí, zapatero a tus zapatos y yo estoy feliz con mi fábrica de calzado.

Fin del tema. Chaufas.

Wednesday, December 19, 2007

Reseñismo, amiguismo 2


Donde el bloggista sigue echando más leña al fuego en una metacrítica wannabe

Ayayay. No podíamos despedir el año sin una última pujadita de bilis, reacciones e indignaciones. Remato el tema con un par de comentarios seudometacríticos. Quién lo diría.

Victor Coral mencionó el caso en su blog. Aunque lo hizo con un guiño, sin decirlo frontalmente:

*Amigos. En el Dominical el narrador Marco García Falcón se entusiasma ante las potencias narrativas del Inventario de las naves de Alexis Yparraguirre. Para Marco el libro de Alexis es equiparable a algunos de Kafka. ¿Será?

Por cierto, lo que escribió Coral está dentro de lo que un comentarista sobre un texto público puede hacer con toda tranquilidad, sobre todo si lo hace con su propio nombre y si, además, coloca un link donde un lector cualquiera puede contrastar su opinión. Hubiese sido ideal que se despachara un poco más -como lo hizo en los comments del post anterior aquí mismo-, concentrándose en el lenguaje de la reseña y aclarando más el caso para el lector que no está enterado. Pero lanzar una sospecha en forma de pregunta, ¿es reprobable?

Nos responde la reacción airada de Daniel Salas en el Gran Combo Club. Llamó a Coral "insidioso". Pero no sólo eso: lo llamó "candidato al blogger más insidioso". Ya. Yo no sé si haya criterios objetivos para detectar la insidia. Pero su opinión es su opinión. Vayamos al texto. ¿Qué reclama Salas? En principio, esto:

No solamente hay un notorio error en la ortografía del apellido del autor. Hay también una gran mentira. En ningún momento Marco equipara los cuentos del Inventario de las naves con los de Kafka. Simplemente, los inscribe en una tradición y nos invita a leerlos de esa manera. Este es un procedimiento común de la crítica: afiliar una literatura dentro de una vertiente de producción.
Lo que dice Salas es verdad. En ningún momento MGF compara a Iparraguirre con Kafka. Pero, ¿acaso hace lo que dice que hace? ¿Qué dice MGF sobre El inventario de las naves? Con respecto a filiaciones literarias dice dos cosas. La primera:

Estamos ante un universo inédito en nuestra narrativa, pero cuya existencia se sustenta en el diálogo con una rica tradición (Borges, Calvino, Cortázar), así como con el cine de ciencia ficción, el ánime y los mangas.

Bueno, hacer ese tipo de comparación es como lanzar un dardo en un bull del tamaño de un elefante. Pero valga y pase. Pero cuando Kafka entra en escena, MGF dice algo que a mí me dejó medio atontado:

Decía Kafka que los verdaderos libros, los que valen, son hijos de la noche y que su lectura nos depara la misma sensación que nos deja una muela en absceso arrancada sin anestesia o el golpe certero de un martillo que resquebraja todo un continente de hielo. El inventario de las naves pertenece a esa elevada pero cada vez menos renovada estirpe de textos que no ceden a la fácil complacencia.

Los libros que valen -según Kafka- son "hijos de la noche" y dejan la sensación de un "martillo que resquebraja todo un continente de hielo". ¡Ya pues! ¿Qué clase de tradición es esa? ¿A qué lecturas se referiría Franz? Who the fuck knows! Salas dice que "es un procedimiento común de la crítica: afiliar una literatura dentro de una vertiente de producción". Seguramente, pero MGF no escribe en este punto como crítico ni afilia ningún libro a ninguna vertiente de producción. Los libros que son "hijos de la noche", desde mi punto de vista, pueden ser cualesquiera. Hasta Fantomas es un "hijo de la noche". ¿Y no ceder a la "fácil complacencia"? ¿Es ese un criterio válido de clasificación? Ya pues.

Salas dice que Coral miente insidiosamente, pero vamos, él también nos está meciendo cuando sólo quiere tocar unas líneas e ignorar otras. Felizmente tiene la caballerosidad de reconocer la amistad que lo une a MGF, pero su análisis podría haber ido más allá si es que le pareció pertinente cuestionar al cuestionador. ¿Más líneas extrañas de MGF?

En la narrativa, a diferencia de la poesía, la destreza solo se logra con los años.
¿Uh? ¿Es eso verdad? ¿O solo es verdad para efectos del elogio de un libro en particular? Muy raro. Y el remate es para mí ininteligible:
Los lectores asistimos así al advenimiento de un ansia similar a la que viven los personajes y desde allí convoca y aglutina sombras, para sublevarlas y darles un sentido. Y ésa es, precisamente, la insólita y necesaria trascendencia de este libro.
Lo digo en serio: por favor, que alguien me explique esas últimas líneas. Sólo entiendo que es un elogio por el mero hecho del elogio. Pero no sé si valga la pena rebanarse el seso para dar con una explicación más simple: amiguismo. No tapemos el sol con un dedo. ¿Es válido? Absolutamente. Pero creo que los lectores también tenemos derecho a decir lo que nos parece cuando algo nos suena conchudamente parcializado. Eso hicieron cuando Maribel de Paz habló en contra del libro de Ampuero. Eso hago yo con una reseña a favor. Fin.

Monday, December 17, 2007

Reseñismo, amiguismo


Donde el bloggista comenta un lunes las reseñas del domingo

Me desperté ladilla. Pero todo se debe a la lectura de El Dominical de ayer que me hizo revivir el viejo debate del reseñismo como trinchera del amiguismo. Como antecedente, hago presente unas cifras interesantes que Thays colocó en su blog sobre una encuesta entre críticos literarios vinculados al National Book Critics Circle. Dos me interesan:

¿Se puede pedir una crítica al amigo de un autor?: 84% dicen que no.

¿Debe el editor preguntarle al crítico si existe algún conflicto de interés antes de pedirle escribir sobre un libro?: 46,2% dicen que sí.

Ya. La primera es muy clara y abrumadoramente alta. Si yo fuese crítico literario respondería igual que la mayoría: ¡que jodido escribir sobre el libro de tu amigo! Pero ese soy yo, que de tan recatado ni siquiera uso mi nombre.

La segunda cifra parece una vuelta de tuerca de la primera y por lo mismo me parece raro que sólo la mitad -la mitad de la cifra anterior, esto es- piense que es deber del editor preguntarle al crítico sobre su propia situación respecto del autor de un libro. ¿"Conflicto de interés" acaso no incluye también al amiguismo?

Hagamos un paralelo, quizás exagerado, pero que puede ayudar. Cuando a los periodistas se les reclama que se acercan demasiado al poder -o sea, que se vuelven demasiado amigos de los políticos o incluso del presidente, con quien algunos incluso toman desayuno- porque eso les nubla la capacidad crítica, los emboba o los vuelve inusualmente poéticos y arcanos para deslizar los palos necesarios, ¿no estamos hablando de las mismas reglas de juego? No quiero ir en contra de la amistad, que es un sentimiento tan bonito (finalmente todos tenemos derecho a ser amigos de quien nos de la gana). Pero cuando estamos dentro de un debate público, creo, estimo, que la amistad sí puede ser una pajita en el ojo crítico. Y hay que ser hidalgos en reconocerlo. En reconocer la pajita, digo, y en reconocer la amistad.

Vayamos al Dominical de ayer. Leo una reseña de El inventario de las naves de Alexis Iparraguirre. El señor Iparraguirre ha comentado un par de veces en este blog, cosa que agradezco porque es una persona muy inteligente y que gusta de ser incómoda. Lamentablemente no puedo decir que su libro me gustase, pero eso es muy secundario.

Sin embargo, sí me llamó la atención que Marco García Falcón -cuyo primer libro París personal me pareció muy bueno, pero cuyo estilo estaba por encima de lo que se contaba, como suele suceder con las plumas refinadas como sin duda es la de él- estuviese a cargo de la elogiosísima reseña. Y cuando digo elogiosa, es porque es elogiosa:

Decía Kafka que los verdaderos libros, los que valen, son hijos de la noche y que su lectura nos depara la misma sensación que nos deja una muela en absceso arrancada sin anestesia o el golpe certero de un martillo que resquebraja todo un continente de hielo. El inventario de las naves pertenece a esa elevada pero cada vez menos renovada estirpe de textos que no ceden a la fácil complacencia.
Genial. Ahora: según sé y según me cuentan, García Falcón e Iparraguirre son muy amigos. No estoy diciendo con esto que la reseña de García Falcón no sea certera, ni que no haya hecho realmente un ejercicio de distancia afectiva para concentrarse solo en el texto, ni que haya aprovechado la situación para ayudar a un pata. No. Sólo digo que cuando un lector como yo se encuentra con un caso como éste lo primero que hace es cerrar el periódico, olvidarse de la reseña y muy probablemente olvidarse de darle una segunda -ya lo lei una primera vez- oportunidad al libro. ¿Conflicto de interés? Sí pues, eso hay, a no ser que la cosa hubiese estado escrita en primera persona y dijera algo como "mi amigo Alexis", etc, como una suerte de homenaje a la amistad literaria, que muchas hay y muy fructíferas. Al menos, el lector ya está avisado.

Soy ladilla por una razón. Porque entiendo que muchas de las quejas de los jóvenes escritores giraban alrededor del amiguismo de las viejas generaciones en las reseñas o en la oportunidad que tenían de mostrar su trabajo en algún medio. Si mal no recuerdo, el hepático y joven Jerónimo Pimentel en Caretas lanzó metracas de alto calibre contra Iván Thays por esos motivos:

De la misma forma, habría que desglosar múltiples minucias para explicar a los amantes de la literatura por qué Thays no invita a un considerable grupo de escritores destacados a ‘Vano Oficio’, o por qué ellos no están dispuestos a participar en el show de quien los menosprecia sistemáticamente, para entender por qué una importante parcela de artistas de todas las edades y escuelas no tienen la posibilidad de participar en el único programa de literatura que se permite la televisora del Estado. La lista de literatos es tan amplia que sus nombres juntos sólo renuevan la vergüenza: en narrativa, desde el genial Miguel Gutiérrez al prometedor Alexis Iparraguirre; en poesía, desde el consolidado Tulio Mora al talentoso José Carlos Yrigoyen.
En esa lista estaba el sr. Iparraguirre. Pero, ¿cómo entender que de pronto las mismas tácticas denunciadas sean ahora parte del menú del reseñismo reciente? Aclaro: ni el sr. Iparraguirre ni su libro tienen la culpa de nada, o sea, de estar en medio del fuego cruzado, ya sea a favor o en contra. Sólo señalo lo que me parece una práctica bastante extendida: la reseña o la atención mediática del amigo. Ya hasta dan ganas de llamarlo clientelismo cultural.

Ahora, también entiendo que NO ser amigo -o enemigo, para el caso- en un medio tan pequeño como el local puede ser casi un síntoma de misantropía patológica. ¡Todo el mundo se cruza con todo el mundo! Pero algo se tendrá que hacer si queremos un debate que sea útil para la opinión pública. Porque sacar el detector de amistades o enemistades, vamos, eso no ayuda mucho.

Un detalle último. Chequeando también Correo ayer me topé con la reseña del siempre correcto José Güich sobre el último libro de Bryce. No sólo es lapidaria, es todo un cortejo fúnebre:

(...) los escandalosos defectos del libro, que cubren un amplísimo espectro, relucen de inmediato para cualquiera que maneje un mediano conocimiento del narrador. Y confirman un secreto a voces, en el mejor espíritu de aldea limense: todo terminó con La vida exagerada de Martin Romaña (1982). Si se trataba de fustigar crisis personales, el libro contiene, sin duda, los signos de un ejercicio terapéutico (impublicable, en su estado actual); por otro lado, revela la triste caída artística y humana -por no decir, decadencia- de alguien que hoy defrauda, en múltiples ángulos, a una tribuna que le profesó cálidas adhesiones.


Por supuesto, en Moleskine, Thays -amigo de Bryce- saltó de alegría cuando hubo una buena reseña de Las obras infames de Pancho Marambio:

Como "brillante ejercicio de narrativa seudobiográfica" califica Joaquín Marco en El Cultural de esta semana a la novela de Alfredo Bryce Ecenique Las obras infames de Pancho Marambio, editada por Planeta. También aclara: "su novela se mueve una vez más en los nada fáciles registros humorísticos. Y, sin embargo, subyace bajo la anécdota y los histriónicos personajes un evidente sentido trágico". La reseña anuncia lo que yo confirmo en el libro: sin duda, para dolor de algunos sepultureros prematuros, el mejor Bryce asoma por estas páginas.


La lección no es que Güich esté en lo cierto y que Thays no. No. La lección es: habría que ser bien hijodeputa para hablar mal del libro de tu amigo públicamente. Yo no podría.

Sunday, December 16, 2007

Aquí todo es más lindo, más fácil, como lo soñaba


Aproximaciones analíticas de un futuro trabajo a publicarse en el IEP alrededor de ese documento audivisual denominado "Carmín".

1.1 Es probable que los televidentes de hoy se hayan topado con un divertido comercial de Claro donde una adolescente se resuelve a besar al chico de sus sueños al son de la canción de Roxana Valdivieso llamada "Carmín" que, a su vez, era la canción símbolo de la telenovela del mismo nombre emitida durante los años ochenta (1984) dirigida por uno de nuestros grandes valores llamado Luis Llosa.

1.2 Los que vivieron los ochenta tienen sin duda alguna memoria de la novela y de la canción (que es, en realidad, un clásico), mas es una inquietud de esta monografía descubrir si es que acaso Carmín significa algo para las chicas y chicos de veinte años para abajo. ¿Qué tan vivos siguen los ochenta en el imaginario de nuestra juventud actual?

1.3 Haciendo algo de memoria, el autor de estas líneas intentó reconstruir lo que vagamente recordaba de la novela. La historia principal se centra en las clases de un "instituto" (1) para señoritas, casi todas -es de suponerse- entre los dieciséis y diecisiete años. Uno de los cursos es el de "Historia del Arte" donde un joven profesor llamado Mariano Tovar, de personalidad circunspecta, seria y algo gansa, se gana los corazones hormonales de sus pupilas, sobre todo de una llamada Fiorella Menchelli, probablemente la más revoltosa.

1.4 Sin embargo, a pesar de los suspiros adolescentes de los que es objeto, el profesor Tovar no posa los ojos sobre las chibolas, sino sobre la elegante y sobria Claudia Menchelli (2) , tía de Fiorella, a quien conoce a la salida de las clases.

1.5 En este punto la memoria es difusa. El autor no sabe si el profesor Tovar y la tía llegan a tener relaciones íntimas. Es de suponer que sí. Sin embargo en un giro que dejaría a los televidentes estupefactos, el serio profesor Tovar comienza a sentirse inequívocamente atraído a la muelona Fiorella, que ni tantas curvas tenía, colocándolo en una posición realmente comprometedora, no sólo por las perturbaciones de sus ímpetus peneanos, sino porque éticamente, según las reglas del instituto, la cosa tampoco se veía muy bien que digamos.

1.6 La memoria es más difusa aún. Fiorella y, a estas alturas, el simplemente denominado "Mariano" se enamoran y se besan. Por favor, tomar en cuenta los siguientes puntos: a) Fiorella es menor de edad. b) Físicamente las diferencias de edad de ambos son notorias: el profesor Tovar podría ser tranquilamente el padre de Fiorella. c) Dicho lo anterior, ¿hay acaso algún guiño nabokoviano en el guión? (3) d) ¿O el guiño es más bien vargasllosiano, entendiéndose que Tovar, hombre privilegiado como pocos, coronó con la tía y con una sobrina que poco a poco se hacía más mujer y más buena, y que es un lugar común del universo de nuestro preclaro escritor sentir "cositas ricas", como dirían sus personajes, por las transgresiones incestuosas?

1.7 La tía Claudia se entera de la traición por partida doble y comienza a enloquecer. La locura se expresa en forma de serios raptos de maldad (4). Pero curiosamente, la novela está escrita de tal modo que los televidentes toman partido por Mariano y Fiorella, bajo la creencia de que el poder amor no sólo lo puede todo, sino que siempre está justificado. Este punto es seriamente controversial, porque ¿alguien podría culpar a Claudia por sentir tanto resentimiento? En este punto el autor pide un minuto de silencio y que los lectores se coloquen en el lugar de la tía. ¡Qué pendejo era el Tovar!

1.8 El autor ya no recuerda más. ¿Llegan los amantes a escapar por la situación asfixiante del entorno? ¿O los que fugaron fueron otros? ¿En qué momento es desvirgada Fiorella? ¿Qué opina la madre de Tovar? ¿A qué se dedicó el profesor después para mantener a su amante-hija? Se pide colaboración de los comentaristas para completar las lagunas.

1.9 Finalmente el autor se pregunta si es que este canto al viejo verde y al complejo de Electra sería soportable en nuestros tiempos tan conservadores.





(1)¿Algo como la Toulouse o la Charles Chaplin? El autor era en ese entonces muy mocoso para recordar cuáles eran los referentes pedagógicos postescolares de la época.

(2) Interpretada por el mujerón Lourdes Berninzon.

(3) Los libretistas responsables eran Augusto Tamayo, Mario Ghibellini y José C. Huayhuaca.

(4) El autor supone que en algún momento la tía dijo "me las van a pagar".



Yapa

Saturday, December 15, 2007

Zileri entrevistado por Hildebrandt


No se ha ido del periodismo, sigue ahí. En su último programa radial del año, César Hildebrandt entrevistó a Enrique Zileri, "el periodista más importante de la segunda mitad del siglo XX peruano". Hablan de todo: optimismo en el periodismo, Alan García, 9.11, que es Caretas, su hijo Marco, entre muchas otras cosas más. Al final, CH da su veredicto sobre estos cuatro numeros sin EZ al frente de la revista. Hace unas semanas dije que era el fin de una era. Bueno, es el comienzo de una nueva. Aquí la fantástica conversación (50 min.) en la parte 2 por si no la escucharon gracias a aldiaconhildebrandt.blogspot.com/

Friday, December 14, 2007

Hueveos del cerebro musical

La posibilidad de hacer música o de volverse músico siempre me ha llamado la atención. Es decir, ¿cómo alguien pasa de no saber qué hacer con los dedos -o los brazos o los pies- a aprender poco a poco a moverlos según un tiempo y un ritmo? Si consideramos que las personas comunes y corrientes por lo general no tienen impedimentos fisiológicos, en teoría, cualquiera de ellas podría tocar un instrumento musical con cierta gracia si se lo propone.

Hace años aprendí a tocar la guitarra y el aprendizaje resultó bastante satisfactorio. Pero mientras iba avanzando en las lecciones descubrí con el tiempo que de un nivel NO iba a pasar. En mi caso el aprendizaje sucedió al inicio muy rápido a los catorce -que es la misma edad en la que Jimi Hendrix tuvo su primera guitarra si no recuerdo mal- y de pronto, un par de años después, llegué a un techo. El descubrimiento del techo trae como consecuencia el desánimo y el desánimo desemboca en aburrimiento. Porque si bien tienes la ilusión de rozar aunque sea con un tartamudeo dactilar el Concierto de Aranjuez o los Panaderos Flamencos de Paco de Lucía, el techo de la realidad te da un buen combo en la chimba: tú quédate no más con el intro de Slash en Sweet Child O' Mine (aunque cuando te vuelves más viejo recién te das cuenta que una cosa es darle a las notas y otra interpretar, y que Slash es un capo). Mientras veía cómo algunos amigos seguían el camino del virtuosismo (so to speak), yo me conformé con lo aprendido, que la verdad era más que suficiente para pasarla bien.

También intenté otros instrumentos. El piano me resultó imposible porque nunca pude independizar la mano izquierda de la derecha (es decir, ahora sólo puedo acompañarme tocando acordes con la derecha y bajos en octavas aparatosos con la izquierda, o sea, como toca Chris Martin en Coldplay). La quena la empecé no hace mucho después de un viaje andino y la cosa no va mal. Creo ver una flauta traversa en mi futuro. Disciplina, dedicarle un buen tiempo al día a los ejercicios, empeño, concentración: todas esas cosas ayudan a dominar un instrumento. Y la cosa va bien hasta que de pronto te encuentras con el techo. Qué hay exactamente en mi cerebro musical que sólo me permite ir hasta cierto nivel, es lo que muchas veces me he preguntado.

El neurólogo Oliver Sacks -el mismo de Awakenings- acaba de publicar un libro sobre las relaciones entre la música y el cerebro. Se llama Musicophilia: Tales of Music and the Brain y se ve bastante interesante, a pesar de una que otra reseña donde le dan con cierto palo (existe una elogiosa de la Kakutani, pero el texto está algo monse). El libro es un conjunto de historias médicas que tienen como característica notoria las aptitudes musicales o la influencia de la música en ciertos pacientes. Felizmente Amazon ha tenido la buena idea de poner algunos videítos donde el propio Sacks cuenta maravillosamente bien alguna de las historias: está el caso de un músico que tiene amnesia para todo menos para la música; la influencia positiva de la música en pacientes con Parkinson; y la historia extraordinaria de un cirujano que recibió el choque de un relámpago a través del teléfono que lo transformó: de ser una persona sin mayor interés en la música, semanas después del incidente empezó a sentir una irrefrenable sed por escuchar música de piano y, luego, de tocar el piano. Dejó la cirugía y empezó a aprender y a componer. Esta última historia es realmente de Ripley. Entérense aquí.

Una pequeña fábula sobre el aprendizaje musical que siempre recuerdo existe en la película Groundhog Day, clásico para muchos y para mí también. Bill Murray, condenado a vivir el mismo día una y otra vez hasta la eternidad, decide aprender a tocar piano para conquistar a la chica. Día tras día, hora tras hora, lección tras lección, Murray empieza a volverse cada vez mejor, hasta que finalmente la sorprende:



Porque es un hecho: ellas se cagan por los músicos.